Parte 7: La hotelería, una historia apasionante

Hotelería y Turismo

CONTINUA LA HISTORIA DE LOS VIAJES

Por: Jorge Alberto Escobar de la Cuesta

PARTE 7

LOS PRIMEROS HITOS DEL ALOJAMIENTO

Bienvenidos de nuevo.

El capítulo 6 lo titulamos “El Grand Tour, los viajeros románticos y los primeros hoteles de categoría”, pero en este punto conviene detenernos y retomar el hilo desde otra perspectiva: la evolución de la hospitalidad.

Hasta ahora hemos recorrido más de cuatro mil años de historia de los viajes —desde las primeras caravanas del Neolítico hasta los viajeros románticos del siglo XVIII—. Pero hay otra historia que ha quedado apenas insinuada y que merece detenernos un momento: la del lugar donde el viajero dormía.

Porque si la historia de los viajes es la historia de la humanidad en movimiento, la del alojamiento es la historia de cómo nos acogemos unos a otros. Y esa historia es tan antigua, tan rica y tan sorprendente como la del viaje mismo.

En esta entrega recorreremos más de mil seiscientos años, desde los primeros siglos de nuestra era hasta finales del siglo XVI.

1. Roma: El primer sistema organizado de alojamiento y logística estatal de la historia

En los primeros siglos de la era cristiana, cuando el Imperio Romano se encontraba en su apogeo, sus calzadas —trazadas con precisión y pavimentadas en piedra, tan firmes y duraderas que algunas aún se conservan en uso— conectaban más de 400.000 kilómetros de territorio, desde las brumosas costas de Britania y la soleada Hispania hasta los desiertos de Mesopotamia o Egipto. Por ellas circulaban soldados, comerciantes, diplomáticos, peregrinos y funcionarios imperiales.

Y todos ellos necesitaban dormir.

Los romanos respondieron a esa necesidad con una sofisticación que Europa no volvería a ver durante siglos. No se trataba solo de caminos, sino de todo un sistema: una red pensada para mover personas, información y poder con una eficiencia extraordinaria.

Ese sistema —el cursus publicus— funcionaba así:

Para los viajeros del Estado existían las mansiones —del latín mansio, que puede traducirse como “posada oficial del camino”—: una red de postas oficiales distribuidas a lo largo de las vías imperiales, separadas entre sí por una jornada de marcha. Sostenidas por el erario público, ofrecían camas, comida, establos y caballos frescos exclusivamente a quienes portaban autorización imperial. En esencia, constituían uno de los primeros sistemas organizados de alojamiento estatal de la historia.

Para el resto de los mortales, el viaje transcurría en condiciones muy distintas. Existían las cauponae, establecimientos privados donde el viajero común encontraba refugio con mayor o menor fortuna y las tabernae, espacios de comercio donde se podía comer, beber y, en algunos casos, pasar la noche, integrados más a la vida diaria que a una infraestructura diseñada para el viajero.

Su reputación no era precisamente la mejor: el poeta Horacio las describía como “grasientas”, y distintos autores de la época las asociaban con el juego, el vino barato y compañías dudosas. Pero existían, eran funcionales… y, para bien o para mal, formaban parte inevitable del trayecto.

En las ciudades, el viajero con recursos podía aspirar a un hospitium: un establecimiento más formal, a veces instalado en una casa privada adaptada. Estos espacios recogían una tradición profundamente arraigada en el mundo romano: la hospitalidad como deber, casi como una obligación moral del anfitrión hacia quien llegaba.

Esa tradición se sostenía en una idea clave que atravesaría los siglos: la del hospes. En el latín original, esta palabra no distinguía entre quien recibe y quien es recibido; nombraba, en esencia, la relación entre ambos. De esa raíz nacerían más adelante palabras como “hospital”, “hotel” y “hospitalidad”.

En el hospitium, esa antigua noción no era abstracta: se traducía en un trato digno y, en muchos casos, confortable.

Pompeya, detenida en el tiempo por la erupción del Vesubio, nos permite ver este mundo con una claridad excepcional. Allí se han identificado decenas de estos establecimientos: algunos con comedores propios, jardines interiores y habitaciones privadas de tamaño considerable; otros que, sin abandonar del todo la hospitalidad, ampliaban su oferta hacia servicios que poco tenían de sagrados.

El Imperio también mantenía una red de mutationes —estaciones de relevo para caballos— distribuidas entre las mansiones, completando una infraestructura de movilidad sorprendentemente eficiente, que no tendría parangón en Europa hasta la llegada del ferrocarril.

Cuando Roma cayó, no solo se derrumbaron sus caminos y sus postas. Se desintegró también la idea de que viajar podía ser parte de un sistema organizado. Durante siglos, moverse volvería a ser —como lo había sido antes— una aventura incierta. Pero la necesidad de acoger no desapareció: cambió de manos.

Y fueron las instituciones religiosas, en particular los monasterios, quienes asumieron la tarea de acoger al viajero.

2. La Iglesia Medieval: La hospitalidad como deber sagrado

Como vimos en la tercera entrega de este relato, el auge de las peregrinaciones —hacia Jerusalén, Roma o Santiago de Compostela— dio forma a una red de caminos que necesitaba puntos de acogida. Siguiendo la Regla de San Benito —que establecía que todo huésped debía ser recibido como si fuera Cristo—, las comunidades monásticas desarrollaron hospederías donde peregrinos y viajeros podían encontrar alimento, refugio y descanso. No se trataba de un servicio comercial, sino de un deber moral profundamente arraigado en la espiritualidad medieval.

A lo largo de rutas como el Camino de Santiago o la Vía Francígena —que conectaba Canterbury con Roma— surgió una red continua de hospitales y albergues que, en muchos sentidos, recuperaba la lógica de las antiguas calzadas romanas: etapas definidas, puntos de acogida y atención al viajero, en un flujo constante de personas.

En este contexto, la hospitalidad europea dejó de ser una cuestión de infraestructura imperial para convertirse en un acto de fe: una transformación que marcaría profundamente la forma en que Occidente entendería el arte de recibir durante siglos.

Pero esa no era la única forma de responder a la necesidad de acoger al viajero. Mientras en Europa la hospitalidad se sostenía como un deber religioso, en otras regiones del mundo tomó una forma distinta: se organizó como infraestructura al servicio del comercio y del movimiento constante de personas.

3. La Ruta de la Seda: El hotel como cruce de civilizaciones

Mientras Europa atravesaba siglos de fragmentación e inestabilidad, al otro lado del continente euroasiático se desarrollaba una de las infraestructuras de alojamiento más sofisticadas que ha conocido la historia.

La Ruta de la Seda —una vasta red de caminos que conectaba China con el Mediterráneo a través de Asia Central, Persia y el Medio Oriente— no era una sola ruta, sino un sistema complejo de corredores terrestres y marítimos que, durante más de mil años, movilizó seda, especias, porcelana, oro, ideas, religiones, y también enfermedades entre Oriente y Occidente.

A lo largo de esa red surgieron los caravanserai.

El término proviene del persa —karvan (caravana) y saray (recinto)—: literalmente, un “palacio de caravanas”. Pero más que palacios, eran piezas clave de una infraestructura pensada para sostener el viaje.

Construidos a intervalos equivalentes a una jornada de marcha de caravana, los caravanserai eran complejos amurallados que se asemejaban más a una fortaleza que a una posada. Las caravanas entraban por una sola puerta monumental que podía cerrarse con cadenas pesadas al caer la noche. Un portero custodiaba la entrada. En el patio interior había establos para camellos, burros y caballos, y en el piso superior pequeñas habitaciones para los viajeros.

Pero los caravanserai eran mucho más que un lugar donde dormir. Ofrecían no solo comida y refugio, sino la oportunidad de intercambiar mercancías, acceder a mercados locales y relacionarse con personas de regiones enormemente diversas. Los más grandes contaban con hammam —baño turco—, mezquita o sala de oración, herrería, veterinario para los animales, almacenes seguros para las mercancías y hasta bazares interiores donde comenzaban las primeras negociaciones comerciales del viaje.

Su legado más importante no fue comercial, sino cultural. Los caravanserai fueron verdaderos crisoles de civilizaciones. En sus patios coincidían mercaderes chinos, persas, árabes, indios y bizantinos, junto a algunos aventureros europeos que se arriesgaban a buscar nuevas rutas de comercio. Allí se aprendían idiomas, se compartían costumbres y se transmitían religiones. El budismo, el islam, el cristianismo y el judaísmo viajaron por estas rutas de la mano de los comerciantes. Ciudades que albergaban grandes caravanserai —Samarcanda, Bujará, Alepo, Acre— se convirtieron en centros intelectuales y culturales de primer orden.

Aquí toma forma una idea que aún hoy define la hospitalidad: el alojamiento como punto de encuentro cultural.

Ibn Battuta —uno de los grandes viajeros de este relato— describió con admiración el sistema de caravanserai en China: en cada estación de camino había un establecimiento con un director y una guardia armada. Al caer la noche, el director anotaba los nombres de todos los viajeros, sellaba las puertas y al amanecer verificaba que todos hubieran llegado sanos al siguiente punto. Era, en esencia, un sistema de trazabilidad de huéspedes que cualquier hotelero moderno reconocería.

Esta red de caravanserai se extendió desde China hasta el subcontinente indio, Irán, el Cáucaso, Turquía y el norte de África, así como hacia Rusia y Europa del Este. Muchos de estos edificios han llegado hasta nuestros días y, en distintas regiones de Asia Central y del Medio Oriente, varios han sido restaurados y hoy reciben huéspedes que duermen bajo las mismas bóvedas donde, siglos atrás, descansaron comerciantes y viajeros.

En las ciudades del mundo islámico, estos sistemas se complementaban con los funduq —del árabe funduq, “albergue”—: posadas urbanas que funcionaban como verdaderos centros logísticos y comerciales. Organizados alrededor de un patio central, combinaban almacenamiento, alojamiento y espacio de negociación en un mismo edificio, permitiendo a los comerciantes vivir junto a sus mercancías en entornos seguros y controlados.

Este modelo no se limitó al mundo islámico oriental. En Al-Ándalus —la España musulmana medieval, puente entre el mundo islámico y la Europa cristiana— dio origen a las alhóndigas, edificios públicos destinados al almacenamiento y compraventa de mercancías que, en muchos casos, también ofrecían alojamiento a mercaderes. En ciudades como Venecia, por su parte, evolucionó en los fondaco —derivado del árabe funduq—, establecimientos que combinaban almacén, residencia y control del comercio extranjero bajo supervisión estatal.

Muchos de estos edificios aún existen hoy —especialmente en ciudades del norte de África y del Medio Oriente—, algunos restaurados y reutilizados, otros transformados en mercados o espacios culturales, testimonio vivo de una forma de hospitalidad profundamente ligada al comercio.

La mayoría de estos establecimientos no eran simplemente negocios privados. Se sostenían mediante el waqf: dotaciones caritativas islámicas que garantizaban su mantenimiento en el tiempo. Así surgió una de las primeras formas de hospitalidad autosostenible de la historia.

Esa lógica —la de rutas que generan flujo constante de viajeros y, con él, sistemas de acogida cada vez más organizados— no fue un patrimonio exclusivo de Oriente. En Europa, comenzaba a tomar formas propias, adaptadas a su realidad.

4. San Gimignano: Cuando el poder se medía en altura

En la Toscana del siglo XIII existía una pequeña ciudad que era, para los peregrinos que viajaban entre el norte de Europa y Roma por la Vía Francígena, una parada obligatoria. Su nombre era San Gimignano, y lo que la hacía única no era su catedral ni su vino —aunque ambos eran notables—, sino su horizonte.

Punto clave en esta ruta de peregrinación, la ciudad prosperó gracias al flujo constante de viajeros. Las familias patricias que la dominaban levantaron alrededor de setenta torres —algunas de hasta cincuenta metros de altura— como símbolos de su riqueza y poder. En su tiempo, eran construcciones que dominaban el horizonte con una altura que hoy equivaldría a un edificio de veinte pisos.

Ese bosque de torres convirtió a San Gimignano en lo que hoy suele describirse como la “Manhattan medieval” de Italia. Enriquecidas rápidamente por ese tráfico, las familias entraron en una competencia informal por construir torres cada vez más altas y esplendorosas. En los estrechos confines de la ciudad amurallada, crecer hacia arriba era la única forma visible de poder.

El Consejo Municipal tuvo finalmente que intervenir. En 1255 se aprobó una ley que prohibía construir torres más altas que la Torre Rognosa —parte del Palacio Municipal y, con sus cincuenta y dos metros, la más alta de la ciudad—, en uno de los primeros ejemplos documentados de regulación urbana en la Europa medieval.

De las setenta y dos torres originales solo quedan catorce y, aun así, el perfil de San Gimignano sigue siendo extraordinario. Hoy, algunas de ellas se han convertido en alojamientos únicos, donde es posible dormir en estructuras verticales del siglo XIII.

El fenómeno es relevante: muestra cómo el flujo de viajeros genera riqueza, competencia… y, con el tiempo, la necesidad de regular.

Pero si en lugares como San Gimignano la hospitalidad se convirtió en una expresión de poder privado, en otros puntos de Europa daría un paso más: dejaría de ser algo privado para convertirse en un asunto público.

5. El Hostal de los Reyes Católicos: La hospitalidad como acto de Estado

Como ya vimos en el mundo romano, el término hospes no distinguía entre quien llega y quien recibe: nombraba, en esencia, la relación entre ambos. De esa misma raíz nacen “hospital”, “hotel” y “hospitalidad”, recordándonos que, en su origen, alojar, cuidar y acoger eran una misma cosa.

Si San Gimignano representa la hospitalidad como expresión de poder individual, el Hostal de los Reyes Católicos en Santiago de Compostela representa algo más profundo: la hospitalidad como acto de Estado, como expresión de poder político y fe religiosa al mismo tiempo. Algo que no se veía en Occidente desde los tiempos del Imperio Romano.

La historia comienza en 1486, cuando los Reyes Católicos —Isabel de Castilla y Fernando de Aragón— completaron su propia peregrinación al sepulcro del apóstol Santiago. Lo que encontraron los perturbó: enfermos y peregrinos vagaban por las calles de la ciudad, sin más atención que la que podían ofrecer pequeños hospitales privados o casas de caridad. Para una monarquía que estaba consolidando su poder sobre toda España, semejante desorden en la ciudad más sagrada del reino era inaceptable.

En 1499, los Reyes Católicos pusieron los recursos necesarios. La construcción arrancó en 1501 y tomó más de una década. Convocaron a canteros, ingenieros y escultores de toda Europa para levantar un edificio pensado no solo para alojar, sino para atender mejor al viajero: separar funciones, organizar los espacios y hacer de su paso por allí algo más digno.

El resultado fue un edificio monumental, hospital y hostal al mismo tiempo, ubicado estratégicamente frente a la catedral, en la Plaza del Obradoiro. Allí, esa idea original de acoger al otro tomaba forma: los peregrinos podían descansar hasta tres días de manera gratuita, recibiendo comida, atención médica y apoyo espiritual.

El Hostal cumplió esta función durante cuatro siglos. En 1953 el hospital se trasladó a un nuevo edificio y, al año siguiente, reabrió como hotel. Hoy es uno de los hoteles en funcionamiento continuo más antiguos del mundo y sigue siendo operado por la empresa estatal Paradores de España.

En honor a esa tradición de cinco siglos, los diez primeros peregrinos que llegan cada día con su Compostela —el documento que acredita haber completado el Camino— aún pueden disfrutar de una comida gratuita en su restaurante.

Pocos gestos en la hotelería tienen tanta historia tras de sí.

Pero esa forma de hospitalidad —ligada al poder, a la fe y a las grandes rutas europeas— no permanecería intacta. El descubrimiento y la conquista de América la enfrentarían a realidades completamente distintas.

6. América Colonial: La hospitalidad en un Nuevo Mundo

En América, los europeos se enfrentaron a un territorio inmenso y difícil: selvas densas, cordilleras abruptas, caminos precarios y largas distancias sin puntos de apoyo. El control del territorio era desigual, el entorno natural exigente y el viaje implicaba una incertidumbre constante. En ese contexto, los modelos de alojamiento heredados de Europa dejaban de funcionar, y la hospitalidad se convirtió en una respuesta práctica a la necesidad de avanzar.

En las nuevas ciudades coloniales surgieron mesones organizados en torno a patios interiores, mientras que en los caminos reales —las arterias que conectaban los territorios— aparecieron ventas y posadas que ofrecían refugio básico a viajeros, comerciantes y funcionarios.

Estos establecimientos, más simples y muchas veces de carácter familiar, ya no respondían a un deber religioso ni a una expresión de poder, sino a una necesidad concreta: hacer viable el movimiento en un territorio difícil. Aquí, la hospitalidad se convertía en una actividad económica directa, vinculada al tránsito de personas y mercancías, y muchas veces sostenida por pequeños emprendimientos familiares.

Pero esa no era la única forma que podía tomar la hospitalidad. Mientras en algunos territorios se consolidaba como una actividad práctica, ligada al comercio y al movimiento, en otros lugares del mundo seguiría un camino distinto: se construiría en torno a la experiencia.

7. Japón: La continuidad milenaria de la hospitalidad

En Japón, un país que durante siglos permaneció en gran medida al margen de Occidente, la hospitalidad se desarrolló de manera autónoma, siguiendo un patrón que se repite a lo largo de esta historia: surgió allí donde existían rutas, movimiento de personas y puntos de descanso.

En Japón, ese mismo patrón adoptó una forma distinta: no lo definían el comercio ni el poder, sino la geografía. En regiones montañosas, ricas en fuentes termales naturales, comenzaron a surgir desde muy temprano los onsen, baños de aguas calientes que ofrecían descanso físico a quienes atravesaban el territorio. Alrededor de ellos se desarrollaron los ryokan, alojamientos tradicionales pensados no solo para dar refugio, sino para cuidar al viajero.

Algunos de estos alojamientos llevan más de mil años recibiendo viajeros. El Nishiyama Onsen Keiunkan, fundado en el año 705, y el Hōshi Ryokan, establecido en el 718, siguen en funcionamiento hoy —¡más de 1.300 años después!—, manteniendo la lógica que les dio origen: ofrecer descanso y recuperación a quienes están en camino.

Es inevitable preguntarse cómo lo han logrado. En ambos casos hay una continuidad familiar notable, pero lo verdaderamente excepcional no es solo quién los ha gestionado, sino la fidelidad con la que han mantenido, siglo tras siglo, la misma idea de hospitalidad.

Mientras en buena parte de Occidente la hospitalidad se desarrolló para resolver necesidades concretas del viajero, en el Japón imperial tomó otro camino: se construyó en torno a la experiencia. La arquitectura integrada al entorno, los baños termales como eje del descanso, la cocina de temporada y un servicio discreto responden a una misma idea: no solo alojar, sino restaurar.

Una línea que atraviesa el tiempo

Roma, la Ruta de la Seda, San Gimignano, Santiago de Compostela, Japón. Cinco historias de alojamiento separadas por siglos y continentes, pero unidas por una misma idea fundamental: que el viajero merece un lugar digno donde descansar, y que quien lo proporciona —sea el Estado imperial romano, un mercader persa, una familia toscana o una reina castellana— obtiene a cambio poder, prosperidad y memoria.

Más que excepciones aisladas, estos lugares muestran que la hospitalidad siguió caminos distintos, pero con un mismo punto de partida. Donde hubo viajeros, surgió la necesidad de acoger. Y donde esa necesidad se mantuvo en el tiempo, aparecieron formas de alojamiento sorprendentemente refinadas.

Esa idea atraviesa los siglos. Todo lo que vino después —las grandes cadenas del siglo XX, las plataformas digitales del XXI, los hoteles boutique de hoy— no es más que una reinterpretación de ese gesto original.

Pero en algún momento, ese gesto empezó a cambiar. El Grand Tour y los viajeros románticos ya habían transformado la forma de viajar. Ahora le toca al alojamiento ponerse a la altura de ese cambio.

Eso lo veremos la próxima semana.

Escríbenos

Ponte en contacto con nosotros para recibir más información de nuestros hoteles, restaurantes, eventos o crear una PQRSF.