CONTINUA LA HISTORIA DE LOS VIAJES
Por: Jorge Alberto Escobar de la Cuesta
PARTE 6
EL GRAND TOUR, LOS VIAJEROS ROMÁNTICOS Y LOS PRIMEROS HOTELES DE CATEGORÍA
Acá estamos de nuevo. En el relato anterior acompañamos a algunos viajeros que dejaron una huella imborrable en el largo período que va de la antigüedad al Renacimiento, los precursores del turismo actual, aunque ese término fuera todavía desconocido. Viajeros para quienes, más que el destino, lo que importaba era el camino: conocer nuevas regiones, culturas, costumbres y maravillas.
Entramos ahora al siglo XVII. Los grandes descubrimientos habían ampliado enormemente los límites del estrecho mundo medieval y el planeta era, por primera vez, casi completamente conocido.
Ese “casi” tiene historia propia.
Para llegar hasta aquí, la humanidad había recorrido un camino sinuoso. Durante el milenio anterior a la caída de Roma, pensadores como Pitágoras, Aristóteles, Euclides y Galeno habían construido los cimientos de las matemáticas, la filosofía, la medicina y la astronomía. Pero ese patrimonio comenzó a desdibujarse con la desintegración del Imperio Romano: la fragmentación del poder en occidente fue también una fragmentación del saber, y así nació la Edad Media — casi mil años de oscurantismo.
Sin embargo, ese conocimiento no desapareció del todo. En Bagdad y en el mundo islámico, fue recogido, preservado y, en muchos casos, ampliado. Figuras como Ibn Sina (Avicena), médico y filósofo persa autor del Canon de Medicina, consolidaron este legado en obras que sintetizaban la tradición griega con desarrollos propios.
Con la expansión del Islam y su presencia en la península ibérica, ese saber llegó a Occidente: en al-Ándalus —Córdoba, Sevilla, Granada y Toledo— florecieron grandes centros intelectuales donde fue estudiado y reinterpretado, como lo muestra la obra de Averroes, filósofo y médico cordobés célebre por sus comentarios a Aristóteles.
Aunque parte de este acervo se perdió durante los conflictos de la Reconquista, una porción sustancial fue recuperada gracias al trabajo de traductores europeos que accedieron a estas fuentes en árabe. Entre ellos destacan Gerardo de Cremona, quien en Toledo tradujo al latín el Almagesto de Ptolomeo y muchos otros tratados científicos, y Adelardo de Bath, pionero inglés que, tras viajar por el mundo islámico, introdujo en Europa textos matemáticos como los de Euclides.
Fue así como Europa comenzó a recuperar —en gran medida a través del mundo islámico— el patrimonio intelectual que había perdido siglos atrás.
De ese reencuentro con el saber nació el Renacimiento. Y con él, un nuevo mapa del poder: no ya el de los señores feudales, que ejercían su poder desde sus castillos en regiones aisladas, sino el de reinos en formación: Francia, Castilla, Aragón, los Habsburgo, la incipiente Inglaterra y la liga de principados del norte (lo que hoy es Alemania).
En la aún inexistente Italia —de hecho, Italia es un país joven, unificado apenas en el siglo XIX—, sobresalían ciudades que eran potencias por sí solas, como Venecia y Génova, cuyo poder se apoyaba en el comercio y las rutas marítimas.
Pero el verdadero centro de gravitación de Occidente seguía siendo Roma —la eterna Roma—: desde el Vaticano, el Papa no solo ejercía autoridad espiritual, sino que influía de manera decisiva en los equilibrios políticos de su tiempo, interviniendo en coronaciones, legitimando reinos y condicionando el poder de monarcas y príncipes
En ese tablero surgió, en el rincón más occidental de Europa, un pequeño reino que estaba a punto de cambiar el mundo: Portugal. Estrechado por Castilla y sin salida por tierra, se volvió casi por obligación hacia el mar. Primero exploró las islas del Atlántico. Luego bordeó progresivamente la costa africana hasta que, a finales del siglo XV, alcanzó la ruta marítima hacia Oriente —consolidada por los viajes de Vasco da Gama— y con ella, se transformó en un imperio de escala mundial.
Lo que Portugal inició, España lo multiplicó. El viaje de 1492 no solo reveló nuevos territorios: transformó la percepción misma del mundo. De repente, el horizonte conocido se expandió de forma radical. Y con ese mundo ampliado llegaron riquezas, especias, materias primas y, sobre todo, ideas. El intercambio entre continentes aceleró como nunca antes el pulso del conocimiento.

En lo que ya vimos que era Italia, ese pulso llevaba décadas latiendo con fuerza. El Renacimiento había devuelto al ser humano al centro del universo —tras siglos en que el orden se explicaba principalmente desde lo divino— y con él florecieron el arte, la arquitectura, la ciencia y la literatura con una intensidad sin precedentes. Roma, Florencia, Venecia: ciudades que eran, al mismo tiempo, laboratorios del pensamiento y museos a cielo abierto. Europa entera miraba hacia Italia como quien mira hacia la fuente.
Pero fue en esos principados del norte que mencionamos anteriormente, donde ese impulso encontró una de sus expresiones más disruptivas. La Reforma protestante, iniciada por Martín Lutero en 1517, fracturó la unidad religiosa de Occidente y, con ella, la autoridad incuestionada de Roma.
Inglaterra, que había roto con el papado bajo Enrique VIII, emergió de ese proceso como una potencia nueva —más pragmática, más comercial, más curiosa— con una élite que comenzaba a preguntarse cómo formar a sus herederos en un mundo que ya superaba los límites de una isla.
La respuesta, como veremos, fue mandarlos a recorrer el continente.
Ese fue el mundo que hizo posible el Grand Tour.
I. El Grand Tour: Cuando Viajar era un Arte
Corría el siglo XVII y en la Inglaterra de la época existía una convicción profunda entre las familias aristocráticas: un joven caballero no estaba verdaderamente formado hasta que hubiera recorrido Europa. No bastaban los mejores colegios ni las bibliotecas llenas de libros. Había conocimientos que solo se adquirían sobre el terreno — frente a las ruinas del Coliseo, en los salones de Versalles, contemplando el David de Miguel Ángel en Florencia o debatiendo filosofía en los cafés de París.
Los ingleses, incluso en medio de su rivalidad con Francia, han mirado hacia este país como un referente de cultura y distinción. Por eso a “este rito de iniciación” se le llamó “el Grand Tour”, tomado del Francés “el gran giro”, en alusión al recorrido que debía realizarse y que durante más de dos siglos se convirtió en el sello de distinción de quien aspiraba a ser alguien en Europa.
El recorrido típico partía de Londres, cruzaba el Canal de la Mancha hacia Francia – con París como primera parada obligatoria, faltaba más – continuaba hacia los Alpes suizos, descendía a las ciudades italianas de Turín, Génova, Florencia, Roma y Nápoles, y en algunos casos se extendía hasta Grecia o el Levante mediterráneo. El viaje podía durar entre varios meses, incluso años Si hoy nos quejamos de las nuevas generaciones porque se la quieren pasar viajando, nuestros antepasados no lo hacían nada mal.
Pero un joven de diecisiete o dieciocho años no emprendía semejante aventura solo. Las grandes familias británicas organizaban el Grand Tour con una meticulosidad digna de una operación militar. El elemento central era la figura del tutor — conocido en la época como el Bear-leader, literalmente “el que lleva al oso” — una denominación que nos dice todo lo que necesitamos saber sobre cómo se veía a esos jóvenes nobles: llenos de energía y potencial, pero perfectamente capaces de arruinarlo todo si nadie los vigilaba.
Estos tutores no eran simples acompañantes. Eran hombres de alta formación intelectual: clérigos, profesores universitarios, académicos de prestigio, contratados para supervisar cada aspecto de la educación del joven durante el recorrido. Se aseguraban de que visitara los monumentos correctos, asistiera a las academias de arte más reputadas, aprendiera francés e italiano – las lenguas de la cultura y la diplomacia de la época – y se relacionara con las personas adecuadas en cada ciudad.
Pero también – y esto era igualmente importante para las familias – velaban porque el joven no malgastara la fortuna familiar en los múltiples vicios que las ciudades europeas ofrecían. Roma, Nápoles y Venecia eran célebres tanto por sus tesoros artísticos como por sus tentaciones. Un tutor experimentado sabía perfectamente cuándo su pupilo necesitaba cultura y cuándo necesitaba que alguien lo alejara discretamente de una mesa de juego o de una compañía inconveniente. Era, en el fondo, una mezcla de profesor, niñero y agente de relaciones públicas.
La comitiva no se reducía al joven y su tutor. Las familias más poderosas enviaban también un séquito de sirvientes, un secretario para manejar la correspondencia y las finanzas, y en algunos casos hasta un médico. Viajar, para la aristocracia británica del siglo XVII y XVIII, era una empresa familiar de primer orden — una inversión en el futuro político, social y cultural de quien algún día heredaría títulos, tierras y responsabilidades de Estado. Teóricamente no eran vacaciones: era educación. Aunque en la mayoría de los casos, la pasaban de maravilla.
Se viajaba además con cartas de presentación firmadas por las familias más influyentes de Inglaterra, dirigidas a sus pares en París, Roma o Florencia. Esas cartas abrían puertas que el dinero solo no podía abrir: salones privados, audiencias con cardenales y príncipes, acceso a colecciones de arte que no eran públicas, cenas con los intelectuales y artistas más destacados de la época. El Grand Tour era, en ese sentido, también una forma de tejer alianzas y amistades que durarían toda la vida.
La relación entre el joven aristócrata y su tutor era, en muchos casos, profundamente formativa para ambos. Adam Smith – el padre de la economía moderna – ejerció como tutor del hijo de un aristócrata británico[1], en un viaje entre 1764 y 1766. Una experiencia que influiría directamente en las ideas que plasmaría años después en La Riqueza de las Naciones. Su obra maestra.
Y al regreso, el joven transformado – más culto, más políglota, más seguro de sí mismo, con el bagaje de haber visto el mundo – estaba listo para asumir su lugar en la sociedad. El Grand Tour no era un lujo. Era, para las grandes familias de Gran Bretaña, una inversión indispensable en la formación del carácter y del liderazgo.
El Grand tour no fue patrimonio exclusivo de Inglaterra, los poderosos nobles y comerciantes Alemanes aprendieron pronto de ellos y comenzaron a recorrer Europa con igual entusiasmo. Entre los más célebres grand tourists de la historia se cuentan el escritor James Boswell, el poeta Lord Byron, el filósofo John Locke y el escritor y dramaturgo Johann Wolfgang von Goethe, cuyo Viaje a Italia se convertiría en uno de los libros de viajes más influyentes de la historia occidental. Goethe llegó a Roma en 1786 y escribió que finalmente había llegado a la capital del mundo. Para él, como para tantos otros, Italia no era un destino: era una revelación.
Como creo que ya se han imaginado, de todo esto podemos deducir fácilmente de dónde viene la palabra “turista”.
II. Los Viajeros Románticos: Cuando el Corazón Tomó el Mando
El Grand Tour fue el precursor de una nueva forma de viajar. Ya no se trataba solo de comerciar, explorar territorios o participar en las frecuentes guerras de la época. Poco a poco, el valor del viaje comenzó a desplazarse hacia la experiencia misma. El poeta griego Constantine P. Cavafy lo expresó con claridad en su obra Ítaca: “Que Ítaca siempre esté en tu mente. Llegar allí es tu destino. Pero no apresures nunca el viaje…”
En el siglo XVIII entramos de lleno en una nueva era: la Revolución Industrial. La expansión de la producción transformó Europa de manera profunda y, en muchos casos, inesperada. En regiones del norte, el crecimiento de la actividad industrial implicó un costo evidente: la alteración de paisajes que habían permanecido casi intactos durante siglos, la intensificación de la explotación minera y el desplazamiento de grandes poblaciones rurales hacia los nuevos centros urbanos en busca de trabajo. Las chimeneas comenzaron a sustituir los bosques, y el ruido de las máquinas irrumpió en los silenciosos valles de antaño. Al mismo tiempo, las ciudades crecieron con rapidez y sin planificación, dando lugar a entornos densos, grises y cada vez más alejados del mundo natural que habían reemplazado.
En medio de ese mundo que se modernizaba y cambiaba vertiginosamente, surgió una nostalgia poderosa por el pasado, un anhelo por la autenticidad y la naturaleza que comenzaba a diluirse en el afán de producción. Frente al ruido, la velocidad y la uniformidad de la nueva vida industrial, algunos comenzaron a mirar en dirección contraria: hacia los paisajes intactos, las tradiciones locales y los espacios donde el tiempo parecía transcurrir de otra manera.
De esa reacción nació una nueva forma de viajar. Ya no se trataba solo de desplazarse por necesidad o conveniencia, sino de buscar una experiencia distinta: contemplar, sentir, reconectar. Surgió entonces El viajero Romántico.
A diferencia de los aristócratas que emprendían el Grand Tour, quienes tenían como objetivo principal formarse intelectualmente, los viajeros románticos viajaban para sentir. Mas que lecciones de historia, recorría las ruinas de Roma y Grecia como una experiencia casi que espiritual. Se perdía en los paisajes de los Alpes, no con fines investigativos, sino para abrumarse con su paz y belleza, Iba hacía el sur de Europa o al Medio Oriente buscando lo que el norte industrializado no podía darle: Color, autenticidad, rusticidad y pasión. Los viajeros Románticos tenían un solo interés: Dejarse afectar por lo que iba encontrando en el recorrido.
Andalucía, al sur de España, se convirtió, sin duda, en un hito para los viajeros románticos. El escritor estadounidense Washington Irving llegó a Granada en 1829, una ciudad que había sido el último bastión del mundo musulmán en la península. En ese entonces, la Alhambra —más que un palacio, el fastuoso centro de poder del antiguo reino nazarí— se encontraba semiabandonado, entre la ruina y el olvido. Irving decidió quedarse. Durante meses habitó sus espacios y escribió su obra más célebre, Cuentos de la Alhambra, en la que no solo describió el lugar, sino que lo reinventó, ayudando a construir el imaginario romántico de Andalucía.
Algo similar ocurría en el resto de España. Casi en paralelo, el viajero y escritor inglés Richard Ford recorrió el país a caballo, sin prisa, y publicó en 1844 su Manual para viajeros en España, una de las primeras guías de viaje modernas.
Al mismo tiempo, otro inglés, George Borrow, llegó con un propósito distinto: distribuir Biblias en castellano. Ese objetivo lo llevó a recorrer el país en condiciones precarias, atravesando ciudades y caminos desde una experiencia mucho más directa. De ese recorrido nació La Biblia en España (1843), un libro que no es religioso, sino una crónica social de enorme valor, donde retrata con franqueza y sin adornos la España de su tiempo.
A diferencia de Ford, Borrow no se limita a describir el país: lo habita. Y en esa cercanía, logra mostrarlo con una autenticidad poco común en los viajeros de su época.
Y luego estaba Ronda. Suspendida sobre su propio abismo, con su nuevo puente desafiando el vacío, su tradición taurina y un paisaje alucinante que parecía resistirse al paso del tiempo, la ciudad se convirtió en un destino inevitable para quienes buscaban algo más que un lugar. Ya en el siglo XX, Ernest Hemingway y Orson Welles encontraron allí ese mismo magnetismo y contribuyeron a fijar, para siempre, su imagen de ciudad intensa, inmóvil y profundamente romántica.
La consecuencia de todo esto fue extraordinaria. Los relatos de estos viajeros llegaron al público y despertaron un nuevo deseo: vivir en primera persona aquello que había sido narrado. Sin proponérselo —o quizá no del todo— los románticos convirtieron el relato en el verdadero motor del viaje. Por primera vez, no se viajaba solo para llegar, sino para experimentar lo que otros habían contado.
El relato se convirtió en el motor del turismo: el viaje dejó de nacer de la necesidad y empezó a nacer del deseo.
Es momento de hacer una pausa en el recorrido y detenernos en la evolución del alojamiento, desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII. En las próximas entregas abriremos un paréntesis para integrar el mundo de la hospitalidad en la línea histórica que hemos trazado.
[1] Aunque en este relato el personaje en cuestión no es relevante, para los curiosos, se trató de el Duque de Buccleuch, quien, por cierto, solo se destacó por la relevancia de su tutor.