Continúa la historia de los viajes
Por: Jorge Alberto Escobar de la Cuesta
En la entrega anterior vimos cómo el Grand Tour y los viajeros románticos transformaron para siempre la motivación del viaje, y cómo la infraestructura de alojamiento comenzaba, aún de forma tímida, a responder a esa nueva demanda. Pero todo aquello seguía siendo un fenómeno limitado a minorías: aristócratas adinerados, aventureros idealistas, comerciantes o diplomáticos.
Estaba a punto de ocurrir algo que lo cambiaría todo: el vapor transformaría la forma de viajar.
El ferrocarril: el inicio del viaje moderno
Ese cambio no fue solo técnico. Con el vapor, los trenes empezaron a recorrer rutas fijas a velocidades constantes, transportando a cientos de personas en cada trayecto. Las distancias se acortaron, el tiempo de viaje se redujo de forma drástica y, por primera vez, moverse dejó de depender del azar para obedecer a horarios fijos.
Y cuando el tiempo dejó de ser incierto, el viaje pudo organizarse.
El vapor en el mar: cuando el viaje cruzó océanos
Pero el cambio no ocurrió solo en tierra.
Al mismo tiempo, los barcos de vapor empezaban a transformar los viajes por mar. Las rutas transatlánticas, que durante siglos habían sido largas e inciertas, comenzaron a operar con horarios, frecuencias y una regularidad impensable hasta entonces. Cruzar el océano dejó de ser una travesía impredecible para convertirse en un trayecto con itinerarios definidos.
Y no solo eso. Esos barcos no eran simples medios de transporte. Eran, en muchos sentidos, hoteles flotantes: ofrecían cabinas, salones, comedores y una vida social que acompañaba el viaje durante días o semanas.
Por primera vez, el desplazamiento y la estancia empezaban a confundirse. El viaje ya no era solo llegar a un destino, sino habitar el trayecto.
Thomas Cook: cuando el viaje se organizó
Fue precisamente en ese nuevo contexto, donde el viaje empezaba a ser rápido, predecible y, sobre todo, planificable, cuando emergió una figura clave.
El 5 de julio de 1841, un carpintero y predicador baptista de 32 años caminaba desde su casa en Market Harborough hacia Leicester, en Inglaterra, para asistir a una reunión de la Sociedad de la Templanza —el movimiento cristiano que promovía la abstención del alcohol—. Mientras recorría los quince kilómetros que separaban ambas ciudades, tuvo una idea brillante.
Se llamaba Thomas Cook. Y lo que intuyó fue esto: que el ferrocarril, esa nueva tecnología que estaba transformando el transporte, podía servir no solo para mover personas, sino para organizar viajes completos.
Ese mismo año persuadió a la compañía Midland Counties Railway para fletar un tren especial entre Leicester y Loughborough. En esa primera excursión, 485 personas viajaron pagando un chelín —una suma modesta para la época—, que incluía el trayecto, una comida y los servicios de una banda de música. Este ha sido descrito como el primer paquete turístico del mundo.
Cook no obtuvo beneficios en aquella iniciativa. Pero comprendió que había descubierto algo nuevo. En 1855 organizó su primer viaje al extranjero, un recorrido por Bélgica, Alemania y Francia. En 1868 introdujo los “cupones de hotel”, certificados canjeables por alojamiento y comidas en establecimientos asociados. En 1874 desarrolló el cheque de viajero: un documento que permitía disponer de dinero de forma segura y usarlo en distintos países sin necesidad de llevar efectivo.
Sin proponérselo, había puesto en marcha algo mayor: la industria del turismo organizado. La empresa que nació de esa idea operó durante más de un siglo, hasta desaparecer en 2019, cuando el mundo del viaje había cambiado tanto que incluso su propio modelo prácticamente había dejado de existir.
Lo que Thomas Cook entendió antes que nadie fue que viajar no tenía por qué ser un privilegio de aristócratas con tutores y cartas de presentación. Con el ferrocarril como herramienta y la organización adecuada, el viaje empezaba a abrirse a muchas más personas.
Pero ese nuevo tipo de viaje traía consigo una exigencia distinta: no solo desplazarse, sino tener a dónde llegar.
Las viejas posadas ya no eran suficientes. El alojamiento tenía que cambiar.
Boston, 1829: El Primer Hotel Moderno del Mundo
Ese cambio no ocurrió en Europa, sino al otro lado del Atlántico.
En las primeras décadas del siglo XIX, los Estados Unidos crecían a un ritmo distinto: ciudades en expansión, comercio dinámico y un flujo constante de viajeros que ya no se detenía. La hospitalidad dejaba de ser esporádica y empezaba a convertirse en una necesidad permanente.
En ese contexto —no por casualidad, sino como respuesta a ese nuevo flujo—, en 1829, en Boston, abrió sus puertas el Tremont House. A primera vista podía parecer un edificio más. Pero en realidad era algo completamente distinto: un lugar concebido desde el inicio para alojar viajeros.
Hasta entonces, la mayoría de los establecimientos eran adaptaciones: casas privadas convertidas en posadas, edificios reutilizados, espacios pensados originalmente para otros fines. El Tremont House rompía con esa lógica. No era una adaptación. Era un proyecto impulsado por empresarios locales, concebido desde el inicio por arquitectos e ingenieros con una idea específica: crear un establecimiento moderno para viajeros.
Por primera vez, el alojamiento reunía una serie de elementos que hoy damos por sentados: habitaciones privadas con cerradura, áreas comunes bien definidas, personal organizado y una recepción centralizada. Incluso incorporaba innovaciones poco comunes para la época, como iluminación de gas y un sistema de campanillas que permitía a los huéspedes solicitar atención desde sus habitaciones.
Pero lo verdaderamente importante no estaba en los detalles técnicos, sino en la idea que lo sostenía: el viajero dejaba de ser un huésped ocasional para convertirse en el centro del sistema.
El hotel moderno acababa de nacer. Pero ese nuevo modelo no siguió un solo camino. En los Estados Unidos había nacido como respuesta práctica a una necesidad concreta. En Europa, en cambio, estaba a punto de transformarse en algo más: no solo un lugar donde alojarse, sino un escenario donde el viaje adquiría otra dimensión.
Fue allí donde esa idea avanzó un paso más.

Ritz & Escoffier: cuando el hotel aprendió a seducir
Después del Tremont House, el hotel moderno ya tenía forma: habitaciones privadas, servicios organizados, recepción, seguridad y una lógica clara de funcionamiento. Pero todavía faltaba algo. El hotel podía ser eficiente, cómodo y moderno… pero aún no era, necesariamente, una experiencia.
Ese salto lo darían dos hombres que entendieron el lujo desde lugares distintos, pero complementarios: César Ritz y Auguste Escoffier.
César Ritz no nació entre grandes hoteles ni rodeado de lujo. Nació en 1850, en Niederwald, un pequeño pueblo del cantón de Valais, en Suiza, como el menor de trece hijos de una familia campesina. A los quince años consiguió un puesto como aprendiz de sommelier en un hotel de Brig, en los Alpes suizos, y fue allí donde empezó a descubrir el talento que lo haría famoso: una habilidad casi instintiva para comprender al huésped y adelantarse a sus necesidades antes incluso de que este las manifestara.
Auguste Escoffier, por su parte, venía de otro mundo: la cocina. Nacido en la Provenza francesa y formado en su extraordinaria tradición culinaria, entendía que alimentar al viajero no era solo una necesidad, sino una oportunidad para elevar toda la experiencia del hotel. Mientras Ritz revolucionaba el servicio, Escoffier transformaba la cocina en una organización rigurosa, capaz de ofrecer la misma calidad una y otra vez.
A finales del siglo XIX, el mundo del lujo estaba cambiando. La aristocracia ya no era la única protagonista. A su alrededor aparecía una nueva élite: industriales, banqueros, artistas, viajeros internacionales. Personas con dinero y una expectativa clara: no querían simplemente alojarse bien. Querían ser atendidos con elegancia, discreción y precisión.
En 1889, Ritz y Escoffier asumieron la dirección del Savoy Hotel en Londres, un nombre que volverá a aparecer más adelante en esta historia. Bajo su dirección, el establecimiento alcanzó un éxito casi inmediato y comenzó a ofrecer comodidades todavía poco comunes, como iluminación eléctrica, ascensores, baños de mármol y agua caliente disponible a toda hora. Sin embargo, la verdadera transformación no estuvo únicamente en esos adelantos. Ritz cambió la manera de recibir al huésped; Escoffier, la de sentarlo a la mesa.
En el Savoy ocurrió algo que hoy nos parece normal, pero entonces era revolucionario. Comer en el hotel dejó de ser un simple complemento del alojamiento para convertirse en una experiencia en sí misma. Mientras Ritz conseguía que el huésped se sintiera importante desde el momento en que llegaba, Escoffier hacía que la mesa estuviera a la misma altura del resto del servicio.
En 1897, cuando parecían haber alcanzado la cima, ocurrió algo inesperado. Ritz y Escoffier fueron apartados del Savoy tras una controversia con la administración del hotel por el manejo de compras y comisiones, un episodio que generó una gran controversia en la época. Sin embargo, aquel revés estuvo lejos de acabar con la carrera de cualquiera de los dos.
Lejos de separarlos, aquella crisis terminó fortaleciéndolos. Apenas un año después volvieron a unir su talento para hacer realidad el proyecto más ambicioso de César Ritz: el Hotel Ritz de París, inaugurado el 1 de junio de 1898 en la elegante Place Vendôme. Mientras Ritz concebía una nueva forma de recibir al huésped, Escoffier elevaba la cocina del hotel a un nivel nunca antes visto, consolidando una sociedad que marcaría para siempre la historia de la hotelería y de la gastronomía.
Todo en el nuevo Ritz reflejaba esa visión compartida. Mientras muchos hoteles seguían considerando excepcionales ciertos adelantos, el establecimiento ofrecía baño privado, electricidad y teléfono en todas sus habitaciones. Pero la verdadera innovación iba mucho más allá de la tecnología. Ritz había comprendido que el lujo no se medía por la ostentación, sino por la manera en que el huésped se sentía desde el momento en que cruzaba la puerta, mientras Escoffier demostraba que una gran cocina podía convertirse, por sí sola, en una razón para elegir un hotel.
Con el paso de los años, sus salones y habitaciones recibirían a algunas de las figuras más importantes de su tiempo, entre ellas Marcel Proust, Ernest Hemingway y Coco Chanel, consolidando una reputación que aún hoy lo mantiene entre los hoteles más emblemáticos del mundo.
Fue el propio rey Eduardo VII de Inglaterra quien lo bautizó como “el hotelero de reyes y el rey de los hoteleros”. Pero, más allá de ese reconocimiento, Ritz hizo algo mucho más importante: cambió para siempre la manera de entender el lujo. Comprendió que no estaba únicamente en la opulencia visible, sino en esa atención casi imperceptible que hacía sentir al huésped importante en cada momento de su estancia.
Junto a Escoffier, que llevó la cocina hotelera a un nivel de excelencia nunca antes visto, consiguió que el hotel dejara de ser simplemente un lugar para pasar la noche. A partir de entonces, alojarse significaba vivir una experiencia en la que el servicio, la gastronomía y el ambiente formaban parte de un mismo concepto de hospitalidad.
Sin embargo, ese universo seguía reservado para una minoría privilegiada. El siglo XX estaba a punto de cambiar esa realidad y abrir la puerta a una nueva forma de viajar y de entender la hotelería. Pero esa es una historia que merece su propio capítulo.