Parte 10: Los palacios del siglo XIX: los grandes hoteles que definieron una época

Hotelería y Turismo

Continúa la historia de los viajes

Por: Jorge Alberto Escobar de la Cuesta

En la entrega anterior vimos cómo la hotelería dio uno de los pasos más importantes de su historia. El hotel dejó de ser simplemente un lugar donde el viajero encontraba una cama y un techo para convertirse en una experiencia. De la mano de César Ritz y Auguste Escoffier, el servicio alcanzó un nivel de refinamiento desconocido hasta entonces y la buena cocina pasó a formar parte esencial de la hospitalidad. El lujo ya no se medía solo por la riqueza del edificio, sino por la manera en que el huésped era recibido, atendido y sorprendido.

Pero esa transformación apenas comenzaba.

Si el Tremont House de Boston había definido la estructura del hotel moderno y el Savoy de Londres había demostrado todo lo que esa nueva forma de hospitalidad podía llegar a ser, el siguiente paso consistió en llevar esa idea a las grandes capitales y a las principales rutas del mundo.

Fue entonces cuando aparecieron hoteles que no solo alojaban viajeros, sino que terminaron convirtiéndose en escenarios de la historia, refugio de artistas, punto de encuentro de diplomáticos, inspiración para escritores y símbolo de una época en la que viajar empezaba a cambiar para siempre.

Algunos de esos hoteles siguen abiertos más de un siglo después. Otros desaparecieron con el tiempo. Pero todos dejaron una huella profunda en la historia de la hospitalidad. En esta entrega recorreremos algunos de los más emblemáticos.

1. París: la capital del gran hotel

Ninguna ciudad encarnó mejor el concepto del gran hotel en el siglo XIX que París.

El primero en destacar fue Le Meurice. Había nacido pensando en los viajeros ingleses que cruzaban el Canal de la Mancha para descubrir Europa, pero terminó ocupando uno de los lugares más privilegiados de París, frente a los jardines de las Tullerías.

Con el tiempo dejó de ser un lugar de paso. Fue residencia de artistas y refugio de figuras que marcaron su historia. Y en agosto de 1944, cuando las tropas aliadas avanzaban sobre París, el general alemán Dietrich von Choltitz instaló allí su cuartel de mando.

Desde esas habitaciones recibió la orden de destruir la ciudad antes de retirarse. La desobedeció, y París siguió en pie.

A pocas calles de allí, en 1862, abrió sus puertas el Grand Hôtel. Era un edificio enorme para su época: cientos de habitaciones, salones monumentales y, en su planta baja, abierto a la calle, se ubicaba el Café de la Paix, que muy pronto dejó de ser un simple café del hotel para convertirse en uno de los lugares favoritos de la sociedad parisina.

Allí se reunían artistas, políticos, escritores y viajeros. No era necesario alojarse en el hotel para formar parte de ese mundo. Bastaba con sentarse a una mesa y ocupar un lugar en la vida de la ciudad.

El hotel dejaba de ser un espacio de paso para convertirse en el punto donde la ciudad se encontraba consigo misma.

2. El Savoy, Londres: el hotel que cambió la vida social inglesa

El Savoy no era nuevo en esta historia.

Al otro lado del Canal, el empresario y productor teatral Richard D’Oyly Carte había concebido el Savoy inspirado en la modernidad de los hoteles americanos, pero fue allí donde ese modelo encontró una forma distinta de vida.

Bajo la dirección de César Ritz y Auguste Escoffier, como ya habíamos visto en este relato, el Savoy se convirtió en leyenda. En sus cocinas, Escoffier dio forma a una nueva manera de entender la gastronomía, creando platos que trascendieron el hotel y pasaron a formar parte de la cultura culinaria, como el Pêche Melba o la tostada Melba, concebidos en honor a la soprano australiana Nellie Melba.

Su impacto, sin embargo, fue más allá de lo que ofrecía. A diferencia de París, donde el hotel se abría a la ciudad, en el Savoy el hotel se convertía en un espacio donde la sociedad se representaba a sí misma.

No se iba solo a alojarse, sino a ser visto y a formar parte de una escena cuidadosamente construida, donde el espacio, el servicio y el protocolo favorecían esa exposición. Incluso el acto de cenar en público —especialmente para las mujeres— adquirió allí una nueva normalidad.

El Savoy consolidó algo distinto: el hotel como escenario de la vida social.

3. Venecia: la historia se vuelve alojamiento

Pero no todos los grandes hoteles del siglo XIX nacieron de la modernidad.

En Venecia ocurrió exactamente lo contrario. Allí algunos de los hoteles más famosos eran, en realidad, antiguos palacios que simplemente habían cambiado de función. El mejor ejemplo fue el Gritti Palace.

El edificio había sido, siglos antes, residencia del Dux Andrea Gritti, uno de los gobernantes más distinguidos de la República de Venecia. Con el paso del tiempo, aquel palacio dejó de ser centro de poder y, ya entrado el siglo XIX, fue adaptado para recibir viajeros.

No nació como hotel: terminó siéndolo. Sus espacios se reorganizaron, sus interiores se adecuaron, pero su carácter permaneció intacto.

Quienes se alojaban allí no entraban en un edificio moderno, sino en un lugar cargado de memoria, donde la arquitectura, los materiales y la disposición de los espacios conservaban huellas visibles de su pasado.

Por sus habitaciones pasaron generaciones de viajeros —artistas, escritores, observadores atentos— que encontraron en Venecia algo más que un destino.

El Gritti no es un hotel que tiene historia: es historia que tiene habitaciones.

4. El Pera Palace, Estambul: el hotel al final del viaje

En 1883 ocurrió algo extraordinario. Por primera vez era posible subir a un tren en París y, días después, bajar en Constantinopla tras recorrer más de tres mil kilómetros.

Se llamaba Orient Express y se convirtió en el viaje más famoso del mundo. Sus vagones ofrecían compartimentos privados, elegantes coches restaurante, servicio permanente, calefacción, refinadas comidas y un nivel de comodidad desconocido hasta entonces en un viaje tan largo.

Dormir en el Orient Express era, para finales del siglo XIX, lo más parecido a alojarse en un hotel de lujo… solo que sobre rieles.

El destino final era Constantinopla, la actual Estambul, una ciudad que durante siglos había sido capital de grandes imperios y que seguía siendo el punto de encuentro entre Oriente y Occidente. Allí Europa parecía llegar a su límite.

Pero cuando los pasajeros llegaban al final del recorrido encontraban un problema inesperado. Habían viajado con un nivel de lujo y comodidad nunca antes visto, pero Constantinopla todavía no tenía un hotel capaz de recibirlos con ese mismo estándar.

El Pera Palace Hotel fue la respuesta. Inaugurado en 1892 por la misma compañía que operaba el tren, fue concebido para ofrecer en Constantinopla el mismo nivel de confort que los viajeros habían disfrutado durante el trayecto.

No se trataba solo de construir un buen hotel. La idea era que la experiencia del Orient Express no terminara al bajar del tren. El mismo nivel de confort, elegancia y servicio debía prolongarse hasta la habitación.

Para lograrlo, el Pera Palace incorporó habitaciones privadas, comodidades modernas y espacios pensados para un viajero internacional, pero sin perder el carácter de una ciudad que llevaba siglos siendo el puente entre dos mundos.

El Orient Express terminaba en la estación. La experiencia del viaje, en cambio, continuaba en el Pera Palace.

5. Shepheard’s, El Cairo: el hotel del poder

Si había un hotel donde parecía reunirse medio Imperio británico, ese era el Shepheard’s de El Cairo.

Fundado en 1841 por Samuel Shepheard, un empresario británico que supo ver el enorme potencial de la ciudad, el hotel ocupó un edificio que años antes había servido como cuartel durante la campaña de Napoleón.

Desde muy temprano dejó de ser un simple lugar de alojamiento. Quien quisiera entender lo que ocurría en Egipto tarde o temprano terminaba pasando por el Shepheard’s.

No era casualidad. En 1869 se inauguró el Canal de Suez y el mapa del mundo cambió para siempre. La nueva vía unía el Mediterráneo con el mar Rojo y reducía de manera drástica el tiempo de viaje entre Europa y Asia.

Egipto pasó a ocupar una posición estratégica y El Cairo se convirtió en una parada obligada para diplomáticos, comerciantes, militares y exploradores.

El Shepheard’s se integraba a ese nuevo escenario. No era un edificio cerrado y silencioso, sino un hotel abierto, con amplias terrazas y salones donde la vida transcurría hacia afuera. Más que intimidad, ofrecía presencia: allí se veía y se era visto.

A cualquier hora del día era posible encontrar en sus terrazas a un diplomático recién llegado de Londres, a un arqueólogo preparando una expedición al Valle de los Reyes, a un oficial británico camino a Sudán o a un comerciante que acababa de cruzar el Canal de Suez.

El Shepheard’s era mucho más que un hotel: era el lugar donde se cruzaban las personas que, de una u otra forma, estaban escribiendo la historia del Oriente Próximo. Durante décadas fue uno de los hoteles más célebres del mundo, comparable en prestigio al Ritz de París o al Savoy de Londres.

Pero ningún símbolo dura para siempre. En 1952, durante los disturbios que marcaron el fin de la influencia británica en Egipto, el Shepheard’s fue consumido por las llamas.

Con él no desaparecía solamente uno de los hoteles más famosos del mundo. También se extinguía una época en la que los grandes imperios parecían gobernar desde los salones de hoteles como aquel.

6. Raffles, Singapur: el imperio trasladado

Si el Shepheard’s era el hotel del poder, el Raffles ofrecía algo diferente: la sensación de seguir en Europa, aunque el viajero estuviera a miles de kilómetros de ella.

Fundado en 1887 por los hermanos Sarkies, hoteleros de origen armenio establecidos en el sudeste asiático, el hotel nació en el lugar y en el momento precisos.

A finales del siglo XIX, Singapur era uno de los puertos más importantes del mundo. Por allí pasaban barcos procedentes de Europa, la India, China y el sudeste asiático, convirtiendo a la ciudad en una escala casi obligatoria para miles de viajeros.

Allí, en medio del clima tropical y de una cultura completamente distinta, el Raffles ofrecía a sus huéspedes algo familiar. No era solo un espacio para alojarse, sino una prolongación del estilo de vida europeo: espacios abiertos al exterior, servicio organizado y una vida social cuidadosamente estructurada.

Todo estaba pensado para que el viajero sintiera que el Imperio británico también comenzaba allí.

El hotel no se adaptaba al lugar: lo reinterpretaba. Quizá por eso el Raffles terminó atrayendo a un tipo de huésped diferente. Por sus habitaciones pasaron escritores como Rudyard Kipling, Joseph Conrad y, años más tarde, Somerset Maugham.

Todos encontraron en Singapur un escenario fascinante y en el hotel un observatorio privilegiado para entender aquel rincón del mundo. No era un lugar donde se decidiera el rumbo de los imperios, como ocurría en el Shepheard’s de El Cairo; era un lugar donde nacían historias.

Quizá por eso el Raffles terminó entrando en la literatura tanto como en la historia de la hotelería.

El Raffles era un lugar donde el viaje hacía una pausa y las historias comenzaban. Sus huéspedes podían pasar semanas esperando un barco, cerrando negocios o preparando la siguiente etapa del recorrido, siempre rodeados de un ambiente que les resultaba sorprendentemente familiar.

Incluso sus rituales reflejaban esa convivencia entre lo local y lo europeo. Según la tradición del hotel, en su Long Bar nació el Singapore Sling, un cóctel creado a comienzos del siglo XX para que las mujeres pudieran beber alcohol en público con mayor libertad.

Su apariencia ligera, afrutada y de color rosado hacía que pasara por una bebida inocente en una sociedad que todavía desaprobaba el consumo visible de alcohol femenino.

El Raffles no era solo un hotel. Era la confirmación de que el mundo ya podía recorrerse sin dejar de pertenecer al mismo lugar.

Cuando viajar se volvió posible

En apenas un siglo, el mundo cambió de una manera que pocas generaciones habían visto antes. Lo que comenzó con unos pocos aristócratas recorriendo Europa en diligencia terminó con miles de personas viajando en trenes y barcos de vapor, alojándose en hoteles que ya no solo ofrecían una cama, sino también confort, buena cocina y una experiencia que formaba parte del propio viaje.

La Revolución Industrial no solo llenó de máquinas las fábricas; también puso al mundo en movimiento. Las locomotoras acortaron distancias, los barcos de vapor unieron continentes y viajar dejó de ser una aventura reservada para unos pocos.

Con cada nueva ruta aparecía un nuevo hotel, y con cada hotel nacía una forma distinta de entender la hospitalidad.

Cuando el siglo XIX llegó a su fin, el hotel ya no era simplemente un lugar donde pasar la noche. Se había convertido en un escenario donde se hacía política, se escribían novelas, nacían recetas que aún perduran, se cerraban negocios y comenzaban aventuras.

Cada uno de los grandes hoteles de esta época representó una forma distinta de entender la hospitalidad, pero todos compartían una misma convicción: un gran hotel podía ser mucho más que un lugar para dormir.

Sin proponérselo, la hotelería había empezado a contar la historia del mundo.

El siglo XX llevaría esa historia todavía más lejos. Viajar dejaría de ser un privilegio para convertirse, poco a poco, en una posibilidad al alcance de millones de personas. Y los hoteles tendrían que transformarse una vez más para acompañar ese cambio.

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