Parte 8: La hotelería, una historia apasionante

Hotelería y Turismo

Continúa la historia de los viajes

Por: Jorge Alberto Escobar de la Cuesta

PARTE 8

De la hospitalidad al hotel: el nacimiento de una industria

Durante siglos, la hospitalidad había sido un deber —religioso, social o político—, más que un servicio pensado para agradar al viajero. Pero algo empezaba a cambiar: comenzaba a consolidarse también como una actividad económica.

A medida que el viaje se fue volviendo una actividad más frecuente y cambió de naturaleza, también lo hizo el lugar donde se dormía. El viajero ya no era solo peregrino o funcionario. Era, cada vez más, alguien que elegía viajar y estaba dispuesto a pagar por ello. Con esa elección llegaron nuevas expectativas.

Ya no bastaba con acoger: había que hacerlo mejor. No fue un cambio brusco, sino una transformación gradual. En algunos lugares de Europa empezaron a aparecer establecimientos que ya no respondían solo a la necesidad de dar alojamiento, sino también al deseo de atender mejor.

1. Alemania: El Oso Rojo de Friburgo

En Alemania existía ya, desde el siglo XII, uno de los primeros establecimientos que hoy podemos reconocer como un antecedente directo del hotel en Europa: el Zum Roten Bären —“El Oso Rojo”— en la ciudad de Friburgo de Brisgovia, en el corazón de la Selva Negra.

A diferencia de las posadas más rudimentarias de su tiempo —donde el alojamiento era improvisado, compartido y muchas veces precario—, aquí empezaba a nacer algo distinto: un lugar que operaba de manera continua, con espacios definidos para el descanso, la comida y los animales, y una atención regular al viajero de paso.

Su historia es anterior incluso a la fundación de la ciudad de Friburgo, en 1120, y los primeros registros escritos que documentan su actividad como posada datan de 1387. A lo largo de los siglos, sobrevivió a la Peste Negra, a las guerras religiosas del siglo XVII, a la campaña del Rin de 1713 —que destruyó el edificio original— y a dos guerras mundiales.

Según la tradición local, María Antonieta se alojó aquí con su séquito en 1770, de camino a Versalles para casarse con el futuro Luis XVI.

Hoy sigue recibiendo huéspedes, con sus bóvedas medievales intactas en el sótano y el oso rojo de oro aún visible en la fachada.

No es solo su antigüedad lo que lo hace relevante. En lugares como este empieza a tomar forma algo nuevo: el alojamiento deja de ser una solución ocasional para convertirse en una actividad estable, reconocible y orientada al viajero.

2. Italia: Los Palacios Florentinos

En Italia, destino imprescindible del Grand Tour, Florencia ocupaba un lugar central. No era solo una ciudad más en el recorrido: era el lugar donde el viajero se enfrentaba, quizá por primera vez, con la idea misma de civilización entendida como arte, proporción y belleza en su forma más pura. Allí estaban Brunelleschi, Miguel Ángel, Botticelli; allí había nacido el Renacimiento. Para muchos, llegar a Florencia no era parte del viaje. Era el viaje.

Los florentinos entendieron rápidamente el cambio que se estaba produciendo. Frente a ese nuevo tipo de viajero —más exigente, más acomodado— respondieron transformando sus propios palacios. Así, muchas residencias renacentistas comenzaron a adaptarse como lugares de hospedaje, ofreciendo no solo alojamiento, sino un nivel de confort y distinción acorde con quienes llegaban.

A finales del siglo XVIII empezaron a circular guías pensadas específicamente para los viajeros del Grand Tour, que recomendaban los mejores alojamientos de la ciudad y destacaban aquellos que ofrecían “apartamentos al estilo de París”. Era una señal clara de que el confort, el gusto y la comparación entre opciones empezaban a formar parte del propio viaje.

En Florencia destaca la Locanda Porta Rossa, documentada por primera vez en 1386 y ubicada en un edificio que incorpora una torre del siglo XIII. Considerada uno de los hoteles más antiguos de Italia, sigue en funcionamiento hoy, integrada a la historia de la ciudad.

En lugares como este, el alojamiento deja de ser una necesidad y empieza a convertirse en una extensión del viaje mismo.

Pero si Florencia representaba el propósito del viaje, el trayecto seguía siendo una experiencia muy distinta.

3. Inglaterra: Las Posadas del Camino

En Inglaterra florecieron los coaching inns, posadas ubicadas estratégicamente a lo largo de las rutas de diligencias, donde los viajeros podían descansar, cambiar de caballos y tomar una comida caliente en el camino. Algunos alcanzaron un nivel de sofisticación notable, con habitaciones privadas, comedores bien atendidos y establos de primera categoría.

Fueron los antepasados directos del hotel moderno en el mundo anglosajón, y muchos de ellos aún sobreviven como pubs históricos con habitaciones, testigos de siglos de hospitalidad británica.

Pero su verdadera importancia no está solo en su forma, sino en lo que revelan. En el mismo período en que el viajero dejaba de ser peregrino para convertirse en aristócrata en formación —y más tarde en viajero en busca de experiencias—, el alojamiento evolucionaba con él: del catre compartido al cuarto privado, de la posada rudimentaria al palacio urbano.

Los dos hilos —el del viajero y el del anfitrión— avanzaban en paralelo, empujándose mutuamente hacia formas cada vez más complejas de hospitalidad. La antigua relación de hospes, que unía al que recibe y al que es recibido, empezaba a tomar forma como sistema: lo que antes era acogida se convertía, poco a poco, en servicio.

Pero el gran salto —el momento en que el alojamiento dejó de ser una respuesta espontánea y empezó a concebirse como algo distinto— estaba a punto de llegar.

4. Francia: el nacimiento del hotel moderno

Si Alemania muestra la continuidad, Florencia la transformación e Inglaterra la organización del viaje, es en Francia donde el alojamiento da el paso decisivo.

En Francia, el término hôtel —también derivado del latín hospes— empezó a cambiar de sentido en el siglo XVII. Originalmente designaba las grandes residencias urbanas de la nobleza, pero estas casas, pensadas para acoger a la corte, a invitados y a delegaciones, comenzaron también a abrirse a viajeros de alto rango.

Con el tiempo, el término dejó de referirse solo a residencias privadas y pasó a aplicarse a establecimientos que ofrecían alojamiento de categoría a huéspedes distinguidos.

Ahí se produce el giro. La antigua relación de hospes deja de estar limitada al ámbito doméstico y empieza a organizarse como servicio: lo que antes era acogida se convierte en hospitalidad profesional.

Este cambio no fue solo lingüístico, sino cultural. En 1758, Luis XV impulsó la construcción de dos grandes palacios en la Place de la Concorde, como parte del conjunto diseñado por el arquitecto real Ange-Jacques Gabriel. Estos edificios, concebidos para alojar a embajadores y representantes de otras cortes, integraban hospitalidad, arquitectura y representación del Estado.

Con el tiempo, uno de ellos pasaría a manos de la familia Crillon y, ya en 1909, se transformaría en el Hôtel de Crillon. El Hôtel de Crillon encarna esa transición: de la residencia aristocrática al hotel de lujo moderno, un espacio concebido no solo para alojar, sino para representar, recibir y proyectar prestigio.

Aquí el cambio es evidente. Por primera vez, se reúnen tres elementos que hasta entonces no habían coincidido de manera clara: diseño intencional, servicio organizado y expectativas del huésped.

Es en este punto donde el hotel, tal como hoy lo entendemos, empieza a tomar forma de manera reconocible.

¡Hasta la próxima semana!

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